
Lo que el arte vio antes que la medicina
Hay algo llamativo cuando miras con detenimiento ciertas obras de arte del Renacimiento y el Barroco: en los cuerpos de los santos ascetas, de los anacoretas en penitencia, de las figuras desnudas dibujadas por los grandes maestros de la anatomía, aparece con frecuencia una depresión en el centro del pecho que hoy reconocemos de inmediato.
Pectus excavatum
Los cuadernos de Leonardo da Vinci (1452–1519) contienen decenas de estudios anatómicos del tórax humano. Con una precisión que asombraría a cualquier cirujano actual, Da Vinci dibujó costillas, músculos intercostales, el esternón y las estructuras que lo rodean. Su objetivo era entender el cuerpo como una máquina perfecta y en ese proceso documentó, sin saberlo, la arquitectura de un tórax que en algunos de sus sujetos mostraba ya la característica depresión esternal.
Décadas más tarde, los pintores de la escuela barroca española, especialmente Jusepe de Ribera (1591–1652), conocido como “Lo Spagnoletto“, llevaron esta documentación involuntaria aún más lejos. Sus retratos de San Jerónimo penitente, de ermitaños y figuras ascéticas, muestran cuerpos extremadamente delgados en los que la caja torácica queda completamente expuesta. La depresión esternal es, en muchos casos, inequívoca. Ribera la pintó con la misma fidelidad obsesiva con que pintaba las arrugas de un anciano o la textura de una roca.
Nadie le había dado nombre todavía. Nadie lo reconocía como una entidad médica. Pero el ojo del artista lo capturó con fidelidad clínica accidental, siglos antes de que la medicina pudiera nombrarlo.
1594: El primer registro clínico
La primera descripción médica documentada del pectus excavatum aparece en un texto publicado por Bauhinus en 1594. En él se describe el caso de un niño de siete años con disnea severa y tos paroxística causada por la compresión pulmonar que generaba la depresión esternal. Era una descripción puramente clínica, el niño sufría, y sus síntomas eran observables pero no había ningún marco teórico para entender por qué ocurría, y mucho menos ninguna forma de tratarlo.
Vale la pena detenerse en este momento: 1594. Faltaban más de 300 años para que existiera una cirugía capaz de corregir esta deformidad. Durante todo ese tiempo, los médicos que se encontraban con el pectus excavatum podían describirlo, pero no podían hacer nada por cambiarlo.
El diagnóstico existía. El tratamiento, no.
1820–1882: La herencia familiar y el espectro clínico
A lo largo del siglo XIX, la literatura médica fue acumulando observaciones sobre el pectus excavatum que empezaban a esbozar un patrón más complejo.
En 1820, Coulson publicó el primer caso documentado de predisposición genética: una familia de tres hermanos, todos con pectus excavatum. Era la primera evidencia de que la condición tenía un componente hereditario, que no era una rareza aleatoria sino una deformidad que podía transmitirse de padres a hijos.
En 1872, Williams describió un paciente de 17 años con pectus excavatum cuyo padre y hermano presentaban la misma condición confirmando el patrón familiar y añadiendo la observación de que la deformidad podía variar en severidad entre miembros de la misma familia.
En 1882, el médico alemán W. Ebstein publicó una serie de cinco casos que por primera vez describía el espectro clínico completo del pectus excavatum: desde las formas más leves, casi imperceptibles, hasta las más severas, con compromiso cardiorrespiratorio significativo. Fue el primer intento de sistematizar la variabilidad de la condición.
Lo que todavía faltaba era la pregunta más importante: ¿por qué ocurre?

La cuestión de la causa: ¿qué genera el pectus excavatum?
A lo largo del siglo XIX y principios del XX, los médicos propusieron diversas teorías sobre la causa del pectus excavatum. Ninguna fue completamente satisfactoria, y el debate sigue abierto en algunos aspectos todavía hoy.
Las teorías más influyentes incluían:
La teoría del diafragma corto: Lincoln Brown, en 1939, planteó que los ligamentos diafragmáticos acortados tiraban del esternón hacia dentro durante el crecimiento, generando la depresión característica. Esta teoría tuvo tanto peso que Ravitch, cuando diseñó su técnica quirúrgica, se aseguró de incluir la sección de esas inserciones diafragmáticas como parte del procedimiento.
La teoría del crecimiento desproporcionado del cartílago: La hipótesis más aceptada actualmente sugiere que el pectus excavatum se produce porque los cartílagos costales, el tejido que une las costillas al esternón crecen de forma más rápida o más exuberante que el resto de la caja torácica. Este crecimiento excesivo “empuja” el esternón hacia dentro. Es la misma lógica que explica por qué la deformidad suele hacerse más evidente durante los brotes de crecimiento de la adolescencia.
La predisposición genética: Hoy sabemos que el pectus excavatum tiene un componente hereditario significativo. Aparece con mayor frecuencia en personas con síndrome de Marfan, síndrome de Ehlers-Danlos y otras condiciones del tejido conectivo lo que refuerza la idea de que hay factores genéticos que afectan al desarrollo de los cartílagos y el tejido conjuntivo de la pared torácica.
El momento en que todo cambió: ¿estético o funcional?
Durante siglos, el pectus excavatum fue considerado fundamentalmente una anomalía estética. Llamativa, quizás inquietante, pero sin consecuencias médicas serias. Los pacientes aprendían a vivir con ella. Los médicos la observaban con curiosidad académica pero no la consideraban una prioridad clínica.
Esa visión empezó a cambiar a principios del siglo XX, cuando los avances en la auscultación, la radiología y la exploración física permitieron a los médicos observar con mayor precisión lo que ocurría dentro de un tórax con pectus excavatum severo.
Lo que encontraron fue revelador:
- El corazón, desplazado lateralmente por la presión del esternón hundido, latía de forma menos eficiente.
- Los pulmones, comprimidos en un espacio más reducido de lo normal, no podían expandirse completamente.
- En los casos más severos, el esfuerzo físico generaba disnea, palpitaciones y fatiga que los pacientes habían aprendido a asumir como “normales”.
La deformidad no era solo un problema de imagen. Era también un problema funcional.
Esta comprensión aparentemente simple, pero tardó siglos en llegar, fue el punto de inflexión que hizo posible todo lo que vendría después: la primera cirugía, las técnicas modernas, y el enfoque integral que caracteriza el tratamiento del pectus excavatum hoy.
Lo que sabemos hoy
El pectus excavatum es la deformidad de la pared torácica más frecuente. Afecta aproximadamente a 1 de cada 300–400 personas, con una prevalencia mayor en hombres que en mujeres (relación aproximada de 3:1). Suele hacerse visible en la infancia temprana, pero con frecuencia se acentúa durante el crecimiento acelerado de la adolescencia.
Sus causas siguen siendo objeto de investigación, pero el consenso actual apunta a una combinación de:
- Crecimiento anómalo de los cartílagos costales
- Predisposición genética (presente en aproximadamente el 40% de los casos con historia familiar)
- Asociación con enfermedades del tejido conectivo (Marfan, Ehlers-Danlos)
Sus consecuencias van desde puramente estéticas con impacto significativo en la autoestima y el bienestar psicológico, especialmente en adolescentes hasta funcionales, con reducción de la capacidad cardiorrespiratoria en los casos más severos.
Y su tratamiento, que durante siglos fue imposible y durante décadas fue brutal, hoy es más preciso, más seguro y más accesible que en cualquier otro momento de la historia.
De eso hablamos en la segunda parte.
Nota importante
La información de este artículo tiene carácter histórico y divulgativo. No sustituye el consejo médico personalizado. Si tú o alguien de tu familia tiene pectus excavatum, consulta con un especialista cualificado que pueda evaluar el caso individualmente.
¿Quieres saber cómo ha evolucionado el tratamiento quirúrgico del pectus excavatum?
Próximamente: En la segunda parte exploramos cómo ha evolucionado el tratamiento quirúrgico del pectus excavatum, desde las primeras operaciones hasta las técnicas mínimamente invasivas de hoy.



